EL CONMOVEDOR SILENCIO QUE HABITA EN LA CARTUJA DE GRANADA, CRÓNICA DE DALIA PALOMEQUE

Texto publicado originalmente en el portal digital de LOS CRONISTAS

Un recorrido fascinante y conmovedor por el histórico monasterio de La Cartuja de Granada, en España, trae a la memoria de la cronista un poema que le fascinó en su adolescencia y provoca también en ella una honda reflexión sobre el silencio y el recogimiento.

Por Dalia Palomeque*

Mi primer viaje a Europa en 1998 contemplaba la visita obligada a España y, en particular, a la región de Andalucía. Desde siempre quise conocer la Cartuja de Granada.

En mi adolescencia, durante el cuarto año del colegio, la maestra de literatura nos enseñaba -con gran pasión- los poemas de Rubén Darío y las historias alrededor de algunos de ellos. Uno me impresionó y disparó mi imaginación juvenil, se titula La Cartuja. A mis 16 años me era imposible creer que alguna persona pudiera vivir en soledad y silencio toda su vida. Lo entenderán, pues provengo de una familia de siete hermanos, cinco varones y dos mujeres. Vivíamos con nuestros padres en una casa pequeña de un barrio suburbano de Guayaquil.

Como niños y adolescentes, pasábamos todo el tiempo a veces peleando, a veces jugando. El bullicio era constante, creo que sólo cesaba a las ocho de la noche cuando nuestra madre, a la brava, nos metía en la cama, debajo de los toldos, con la prohibición absoluta de seguir hablando o levantarnos, orden que muchas de las veces no obedecíamos. Mi hermano Alejandro era el más molestoso del grupo y siempre nos hacía enojar o desternillar de la risa y únicamente lográbamos dormir con el ultimátum de mamá que nos amenazaba con golpearnos con la correa si no cerrábamos la boca y los ojos. ¡A dormir! ¡A dormir!

Desde entonces quedaron en mi memoria estos pocos versos:

Este viejo monasterio ha visto
Secos de orar y pálidos de ayuno
Con el breviario y con el Santo Cristo
A los callados hijos de San Bruno…

Los monjes cartujos son los más silenciosos y solitarios de la Iglesia Católica. Es una orden contemplativa fundada por San Bruno en el año 1084 que se ha mantenido desde entonces, con los mismos estatutos y las mismas costumbres. La Iglesia no ha tenido que reformarla, porque -según dicen- nada en ella se ha deformado. Los monjes cartujos nos enseñan la belleza de la soledad y el silencio.

Actualmente existen 23 cartujas -así se conocen a los monasterios de los cartujos- 18 de hombres y 5 de mujeres, repartidos en Europa, América y Asia, con más o menos 270 monjes y 60 monjas, su lema: ” STAT CRUX DUM VOLVITUR ORBIS” o «La cruz constante mientras el mundo cambia».

Su vida es muy sencilla, moderada y de riguroso cumplimiento de los estatutos que los rigen. Ingresan a partir de los 18 años y máximo hasta los 45. Actualmente deben incluso pasar por un examen psicológico para ser admitidos. Una vez que ingresan existe un protocolo para ascender de novicio hasta monje o de hermanos o conversos a monjes o padres. En la orden, los hermanos se encargan principalmente de las actividades manuales y los monjes se dedican al estudio y la contemplación, sin excluir las actividades manuales o religiosas de unos y otros. Cada uno tiene su propia celda con los muebles indispensables, una cama sencilla con un colchón de paja, una mesa, una silla. (1)

Cultivan la tierra para producir sus propios alimentos, traducen libros sagrados o los transcriben a textos modernos, crean arte, pintura, escultura y trabajan en madera, siempre con motivos sagrados. Su actividad sólo se detiene durante las pocas horas de sueño que les son permitidas, como señala San Bruno en la carta dirigida a su amigo Raúl: «Aquí se practica un reposo bien ocupado, se reposa en una sosegada actividad».

Su horario es muy estricto, entre doce y catorce horas se dedican a la plegaria y la contemplación porque su objetivo fundamental es lograr la comunión con Dios. Las demás horas se reparten entre el trabajo diario, el descanso después de las comidas, pequeños paseos y las horas de sueño, que nunca son más de cuatro.

Tienen sesenta minutos de recreo los domingos para hablar con algún otro monje y una vez a la semana, los lunes, un paseo fuera del claustro a lugares no poblados. Su régimen es lo que se denomina semi-eremítica, es decir no son totalmente ermitaños puesto que un día de cada semana tienen esas pocas horas para compartir con sus compañeros. Lo justifican con esta sencilla y sabia explicación: “En la soledad, quien descuida abrir su corazón a un guía experto se expone a avanzar menos de lo debido o cansarse por demasiado correr”. (2)

Su alimentación excluye carne de ningún tipo, y se reduce a dos comidas por día, abundante, por cierto, con excepción del tiempo de cuaresma donde sólo hay una comida al día con un panecillo y agua en la noche.

La vida de un monje es la búsqueda de Dios en la soledad y el silencio. Me pregunto ¿Se habrán enterado los actuales cartujos que el mundo estuvo aterrado por un virus invisible y por el miedo a estar solos y en silencio? En las cartujas no existe internet, radio, tv, ni llega el periódico. No hay whatsapp ni redes sociales. Únicamente el prior, que es el superior de la orden, comunica alguna noticia que, a su criterio, puede ser de utilidad. La palabra se utiliza para lo sumamente indispensable, hasta la música se hace sin instrumentos. Dicen quienes la han escuchado que su música es más bella y austera que los cantos gregorianos y que se ha conservado inalterable a través de los siglos.

La Cartuja de Granada, llamada El Real Monasterio de Nuestra Señora de la Asunción, se empezó a construir en 1517 en lo alto de la ladera de Aynadamar, que significa fuente de las lágrimas, cerca de Granada, en una zona llena de cármenes, con huertos y abundantes fuentes de agua que provienen del monte Alfacar, “un paraje delicioso, con suavísimo y templado ambiente, huertos placenteros, floridos jardines, aguas dulces y copiosas, suntuosos aposentos, numerosas almenares y casas de sólida construcción, plantíos de yerbas aromáticas y otras delicias” (3). Así lo describe un viajero árabe llamado Ibn Bathuta en el año 1360, aunque ahora se la ve disminuida por las modernas construcciones que la rodean.

Al poco tiempo fue trasladado de su ubicación original por dificultades para su construcción, hacia otros terrenos igual de hermosos y llenos de agua en la ladera baja de Aynadamar. El monasterio siguió el trazado establecido para casi todas las cartujas, tal como la cartuja de Granoble, en Francia, que es la casa madre fundada por San Bruno, y cuyas salas, celdas y dependencias estaban organizadas y distribuidas de acuerdo con las funciones de la vida monaca. Así, a través de los siglos se fue construyendo hasta el siglo XVIII, con el trazado original y su gran belleza.

Entre los siglos XIX y XX sufrió duros ataques primero por la invasión de Francia a España y en 1835 por la Desamortización de Mendizábal, ley que pasó todos los monasterios y conventos al Estado español, entre ellos las cartujas, con excepción de la cartuja de Miraflores.

Todos los bienes fueron vendidos en subasta pública. En 1891 fue adquirida por la Compañía de Jesús y no por eso su destrucción se detuvo. Actualmente La Compañía de Jesús construye un campus universitario tratando de conservar y proteger los tesoros artísticos con que cuenta todavía.

Durante todo ese tiempo se destruyó parte de las edificaciones de la cartuja como: el claustro principal, el muro que la rodeaba y el cementerio. Importantes obras de arte fueron destruidas, vendidas o robadas. Muchas se encuentran en museos y colecciones privadas y sólo unas pocas obras originales pueden aún admirarse en la cartuja, que se encuentra abierta al público desde que, en 1931, fue declarada monumento artístico-cultural y bien de interés nacional.

Cuando se llega a la edificación se atraviesa primero una pequeña puerta que data del siglo XVI y de golpe uno se encuentra un amplio espacio. Al fondo la iglesia, con su fachada de piedra de Alfacar, que centra toda la edificación, dos amplias escalinatas también de piedra, una a cada lado, construidas en tres tramos, permiten ascender a la amplia terraza y a la puerta principal de la iglesia. Desde la terraza se aprecia el magnífico paisaje que rodea al monasterio, un escudo en el tramo central está fechado 1679. Arriba, esculpido en mármol blanco, la estatua de San Bruno domina la escena con dulce y paciente mirada. La traza y construcción del monasterio fue obra del lego cartujo fray Alfonso de Ledesma.

Para entrar al monasterio se debe pasar obligado por el claustrillo que abre el acceso a todas las dependencias: el claustrillo con sus tres capillas y las demás áreas, estuvieron -y aún están- en parte por las restauraciones y cuidados que actualmente se prodigan- ricamente adornadas. En cada rincón, cada pared, cada espacio, hermosos lienzos, pinturas de diferentes dimensiones, esculturas, retablos y muebles de maderas preciosas finamente ensamblados, muestran el magnífico arte, la belleza sobria de la más pura expresión religiosa y la espiritualidad que imperaba en el monasterio. Destacan las pinturas del gran artista, el lego Juan Sánchez Cotán, a quien por su devoción y humildad lo llamaban “el Santo fray Juan” de Vicente Carducho, José Risueño, Cristóbal de Vilches, Pedro Mora, Manuel Vásquez, Alonso de Mena, Pedro Atanasio Bocanegra, Antonio Palomino, así como las obras del arquitecto Francisco Hurtado Izquierdo que construyó la capilla del sancta sanctorum y el retablo.

Todos y cada uno de los monjes y hermanos que vivieron y murieron dentro de estos muros colaboraron a la grandeza del monasterio no sólo alabando a Dios con sus oraciones y pensamientos, sino también con sus obras artísticas construidas incansablemente con sus manos en el silencio, la soledad y la más absoluta concentración y paciencia.

Recorrer el monasterio, admirar el arte impregnado en cada rincón, es transportarse en el tiempo. El alma se llena de una extraña emoción. Mis ojos, mi mente, mi desbocada imaginación me hacían ver a los monjes con sus capuchas blancas agachados labrando la tierra, trepados en escaleras pintando grandes lienzos, sentados tallando la madera, esculpiendo la piedra, el mármol, a veces cantando, otras rezando. Extraños transeúntes solitarios y silenciosos, en medio de un mundo lleno de ruido, de violencia, de mezquindad, de sin sentido. Yo estaba transportada en el tiempo y en el espacio, con un sentimiento místico. Allí se podía sentir la presencia de Dios.

No podía dejar de pensar cómo habrían podido esos hombres cumplir su objetivo de llegar al ser supremo. ¿Será que en algún momento de su existencia lograron esa conexión inigualable, impensable para mí?

Recuerdo que mi mente era un torbellino mientras recorría el monasterio. Mis pensamientos buscaban respuestas a un sinfín de preguntas: ¿Cómo era posible pasar los días, los meses, los años, toda la vida en ese silencio profundo y misterioso? Cuántas veces habrán llorado sintiendo la tentación de la carne, la ansiedad por el amor humano? ¿Cuántas otras el hambre se apoderó de sus cuerpos, qué pasaba con sus recuerdos del mundo que dejaron, de sus familias, de sus amores y sus placeres, dónde, en qué recóndito rincón del alma, de la mente, del consciente o del inconsciente fueron a parar todos esos recuerdos confinados, como desterrados sin patria, como ladrones indeseables, que tientan y tratan de robar la calma, cuáles eran esas luchas internas que los llevaba a buscar con desesperación el alivio en el arte, en la música, en el trabajo incesante, en esa profunda e insondable soledad?

En mi recorrido, sobrecogida por la emoción, vi en un rincón de una de las estancias un mueble, una especie de armario, construido con pequeñísimas piezas de maderas preciosas de no más de uno o dos centímetros cada una, cortadas, pulidas y ensambladas en perfecta armonía unas con otras hasta lograr el producto final: ¡una obra de arte!

Me quedé mirándolo mucho rato y entonces comprendí.

Ese interminable encierro en la más absoluta soledad y silencio tenía que ser compensado, utilizado, apropiado, en la construcción de una obra magnifica y perfecta digna para ofrendar al ser divino. Alguien me preguntó ¿por qué quieres escribir sobre los cartujos ¿Qué significado tiene? No supe qué responder. Recordé a los cartujos ahora, después de tantos años, durante el encierro que la pandemia nos sumió.

Seguramente escribo porque no he dejado de pensar en la locura que ha traído no sólo la enfermedad y la muerte producida por el Covid-19 y la absoluta inoperancia de los sistemas de salud en todo el mundo, sino también en los sentimientos nobles y nefastos, de solidaridad y del más puro egoísmo y maldad que han aflorado con fuerza en este extraño tiempo que nos ha tocado vivir. Evidenciar con asombro y tristeza, la incapacidad de las personas para estar solos con nosotros mismos para guardar silencio, para comunicarnos con el otro, no se diga con Dios, para convivir en armonía, incluso con nuestras propias familias.

El obligado encierro de pronto nos confinó en nuestras casas y no supimos qué hacer con el tiempo sobrante y creo que aún no lo sabemos. El silencio nos aterró.

Descubrimos que necesitamos el ruido para existir, no importa si es la música estridente y de mal gusto que suena sin compasión por calles, centros comerciales, en fin, en todo lugar, o si es nuestra necia decisión de mantenernos conectados todo el tiempo al celular, al internet, al spotifi, a cualquier cosa, acto o evento que llene nuestras horas. La locura disfrazada de tecnología nos poseyó casi por completo.

Pero los cartujos nos enseñan, a través de los siglos, que la búsqueda de Dios, sea el que sea, no importa cuál- es también la búsqueda de nosotros mismos, de nuestro propósito fundamental en la vida y que, para lograrlo, muchas veces necesitamos aprender a estar solos y en silencio, porque es en ese silencio donde podemos conocernos, reconocernos y aceptarnos así como somos, sin más.

NOTAS:

(1) https://es.wikipedia.org:wiki.orden de los cartujos
(2) Estatutos cartujanos 28.2
(3) La Cartuja De Granada. Emilio Orozco Díaz


*Dalia Palomequen Matovelle, azogueña de nacimiento, guayaquileña de corazón. Socióloga, educadora, amante de los niños, la justicia, la lectura, los viajes y la poesía.

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