Patricio Valdivieso Espinosa
pavevaldivieso@hotmail.com
Cuando estamos a punto de perecer y llenos de temor, nuestra parte humana, es topada por el milagro del Creador, nuestro DIOS, el único y omnipotente, grande en perdón: un DIOS de Amor. Aquel que nos dio la vida y nos protege; al que le fallamos todos los días y aun así nos sigue amando; al que lo herimos con cada acto de maldad que cometemos, bajo el pretexto de que siendo humanos, no somos perfectos y estamos llenos de pecado. El que sigue recibiendo agravios todos los días, a pesar de haber muerto en la Cruz por nuestra salvación; el que nos dice: YO, soy el camino, la verdad y la vida; pero nos segamos en ir a su lado, nos llenamos de mentiras y buscamos falsos dioses.
Un DIOS, que nos entrega las más hermosas enseñanzas, codificadas en el mejor libro de todos los tiempos: La Biblia. Biblia, que no sólo no la leemos o hemos dejado de leer, sino que, absurdamente cuestionamos con interpretaciones malévolas, bajo el pretexto de que está escrita por los hombres; libro sagrado, que ha sido cercenado en su lectura, de acuerdo a nuestros intereses; escrituras sagradas, que son interpretadas como nos conviene, cuando decimos: no debes comer carne, pero derramamos la sangre de nuestros hermanos; o, no debes adorar imágenes, pero idolatramos a falsos iluminados que protestan contra los designios del Creador, dando más valor a las sectas que a la palabra de DIOS.
Un DIOS, que nos dejó como guía a sus servidores: los profetas y sacerdotes; pero los ultrajamos sin misericordia alguna, y por culpa de unos desadaptados que malversaron la palabra y su nombre, empañamos toda la inmensa labora espiritual, social y humana que la Iglesia realiza a diario. Nos hemos creído autosuficientes, creando por millares supuestas iglesias paralelas a las que Jesús encargó a Pedro, más para diezmar que para evangelizar. Hemos cambiado los votos y la esencia del sacerdocio, permitiendo infiltrarse a quienes tienen como único fin, dañar la iglesia desde adentro, no sólo para mancillar su nombre, sino para desintegrarla.
Para colmo de males, hemos hecho hasta lo imposible por sacarlo a DIOS de nuestras vidas; con gobernantes que lo han desterrado de sus decisiones, sintiéndose todopoderosos, prohibiendo a las escuelas, hospitales e instituciones en general que mantengan su imagen; con familias desunidas, donde prima más el amor al dinero por sobre la fe, la esperanza
y el temor a DIOS. Sin embargo, hoy recuerdo, cuantas veces: me salvó de los vicios; me sacó del fango en que nadaba; secó mis lágrimas; llevó pan a mi mesa; sanó mi cuerpo, mi alma; y, me indico el camino para volver a empezar. Cómo olvidar que fue el único que estuvo a mi lado cuando más necesitaba de su mano; por eso, en esta Semana Santa, TE PEDIMOS PERDÓN NUESTRO SEÑOR, NUESTRO ÚNICO DIOS Y NUESTRO SALVADOR. Te pedimos que salves al mundo, a nuestro país, a nuestra provincia, a nuestra ciudad, a nuestra familia. AMÉN.
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