Yorqui Llacxaguanga Ramirez, el poeta del color y la materia como lo describe Walter Espinoza, es un artista, poeta y gestor cultural, con gran trayectoria en este fascinante mundo de las arte y las letras, Yorqui es creador polifacético inagotable, experimental, un artista que se arriesga, cuya obra desafía la rigidez de los estilos únicos, su práctica artística es una búsqueda constante, en la que transita múltiples lenguajes plásticos con libertad y profundidad, sin encasillarse en una sola estética, esta versatilidad lo convierte en un autor inquieto, innovador y en permanente reinvención, entre las obras que nos presenta tenemos:
Costumbres taurinas y ensueños lojanos los primeros intentos desde el año 1195 al 2000, con una espátula artesanal nace el toro en la tela, cada trazo revive la fiesta taurina donde el arte honra la sangre y la arena. En ensueños lojanos fluyen los cerros dormidos con vientres de nubes y lenguas de fuego, paisajes surrealistas donde el deseo respira formas eróticas de arcilla húmeda
“Expresión Vegetal: en esta obra el paisaje deja de ser fondo y se funde con la anatomía; de la figura humana germina troncos, Yorqui fragmenta la superficie para denunciar cómo la modernidad ha quebrado la continuidad naturaleza-hombre.
“Expresión Vegetal” nos recuerda que, aun habitando asfaltos y pantallas, llevamos un bosque inscrito en la sangre. En los troncos que respiran, en las aves azules que flotan sobre llamas late la promesa de una alianza renovada con la Tierra: crecer juntos o arder juntos. Donde la brasa consume, brota un tallo. Donde el hombre se quiebra, el árbol lo sutura. Así, la serie se alza como ritual de raíz y futuro: un himno cromático a la resiliencia vegetal que nos sostiene y, quizás, nos salvará.
“Sinfonía Silente:”
En “Sinfonía Silente” propone una partitura visual donde el sonido se disuelve en pigmento, luz, palabra y resonancia cromática. Aquí, el ruido de la calle y el murmullo del recuerdo se tejen con cintas de color que simulan ondas sonoras. “El silencio late; bajo cada azul hay un acorde que todavía no ha sonado. Al recorrer estos lienzos el espectador se vuelve intérprete: cada paso modula el eco, cada mirada compone un acorde. Entre cintas lilas y estallidos azules late una certeza: la pintura, como la música, es tiempo suspendido en el aire de la memoria. Cuando la voz calla el color canta; y en la pulsación azul la palabra vuelve a nacer.
“Retinas Gustativas”
Yorqui Llacxaguanga destila el color hasta volverlo sabor y viceversa. La serie conocida como “Retinas Gustativas” explora la sinestesia: el cruce sensorial donde las papilas viajan al ojo y el óleo se vuelve saliva. aquí el artista desplaza la materia orgánica cruda y abraza la alquimia pura del pigmento. el cuerpo comparece a través de su fisiología sensorial: salivación, memoria olfativa, euforia glicémica. “Retinas Gustativas” es un banquete de luz.
Paisajes psíquicos.
paisajes violentos, fríos, absurdos, que flotan en una atmosfera caótica y fusionándose con el estado mental del espectador. Neuronas extraviadas en el tiempo liberan estallidos de color, donde las miradas particulares definen la interpretación de la obra. Cada espectador construye su propia realidad proyectando en ellas sus emociones y recuerdos.
Cecina de artista.
El artista convierte el tejido animal en un palimpsesto donde se imprimen violencia industrial, memoria andina y lucha social.
“Cecina de artista” propone mirar más allá del espesor epidérmico: ver la fiebre, la herida colectiva, el paisaje que late bajo la piel de América Latina. Las nueve obras son capítulos de una novela visceral donde la estética es inseparable de la ética y donde la putrefacción se vuelve germen de protesta y, quizá, de cura.
“dialéctica del estiércol y la luz”
En esta serie eleva el desecho animal a la categoría de alfabeto ético. El excremento de vaca, extendido sobre cabuya se vuelve pictograma donde fermentan corrupción, violencia social y memoria rural. Si en la serie “cecina de artista” la piel se abría para mostrar la herida, aquí el artista invierte la lógica: parte de la herida —el estiércol— para modelar retratos y paisajes de una sociedad que se pudre en su propia retórica.
Ocres, verdes malsanos y violáceos que surgen del amoniaco; la paleta evoca vísceras urbanas derramadas sobre páramo. perros con smoking, gatos con corbata, antropomorfismos que ridiculizan la autoimagen civilizada del espectador.
Así Yorqui nos propone una partitura de materia donde el ojo, la lengua y la memoria se confunden. Aquí la belleza no niega la herida: la acaricia hasta volverla semilla, la canta hasta hacerla luz. por todo lo dicho, la exposición pictórica demuestra que toda estética es ética. Saludos Yorqui por devolverle la luz a nuestras almas.
Semblanza de Carlos Mollericon
Poeta y crítico de arte boliviano






