Patricio Valdivieso Espinosa
pavevaldivieso@hotmail.com
Ya no es novedad hablar de corrupción, se ha convertido en una moderna pandemia social; el justificativo sarcástico de que todos roban en el sector público, se ha transformado en el fundamento para mutar silenciosamente en cómplices de la destrucción. Es tan común ver, como la mayoría de la gente, buscando beneficios personales o de grupo sesgado: se nutren de mentiras, justifican actos bochornosos, se tapan las sinvergüencerías y degradan los valores, sin ningún pudor; se esperanzan con trabajar en lo público, no para mejorar el servicio, sino para llenarse los bolsillos con inmoralidades; y, disfrutan saqueando las instituciones, igual que los que han juzgado para llegar, indistintamente si los contratos y ganancias ilegales son chicas o grandes.
Debemos tener en cuenta claramente, el problema de fondo que enfrentamos, no es causado sólo por las bandas expertas en fechorías; también es provocado por el auspicio cómplice de quienes pagan incluso con préstamos, cargos para sus hijos, bajo el vil argumento de que es oportuno asegurar su futuro con un trabajo estable; sin dejar de lado, los nombramientos adquiridos mediante concursos de méritos y oposición amañados, direccionados desde los reglamentos, encaminados de manera perversa a obstaculizar el ingreso de gente proba, honesta y capaz, que deberían ser quienes accedan por méritos propios.
Es también, evidente que las adquisiciones en el ámbito público, de manera repudiable, casi todas marcan sobrecostos, partiendo incluso de los precios referenciales; evidenciando extrañas contradicciones: para el público en general, los bienes y servicios, se venden a un precio y hasta con rebaja; pero para las instituciones, de seguro se suben las ofertas por arte de magia: la magia se llama coima, soborno o gratificación. El contagio es general, y al existir la excepción, cuando alguien forma parte de la reserva moral de este país, pronto lo ladean, por no encajar en las marañas de la delincuencia globalizada que existe a todo nivel.
Parecería que todo está perdido, que hablar de corrupción ya no es novedad; pero no es así, no debe ser así, tenemos la obligación moral de recuperar las instituciones, la sociedad y la familia, y la única vía es forzando que gente honesta y capaz ingrese al sector público, sin palancas, compadrazgos o compra de cargos. Que el camino a seguir esté rodeado de transparencia, en la que los concursantes muestren su preparación, y les
permita acceder con los más altos puntajes; que el concurso, preparado de forma vertical, logre depurar y escoger a los mejores, cumpliendo las exigencias de probidad y capacidad, para acceder a la noble designación de formar parte del sector público. En definitiva, si no limpiamos las entidades de las mafias o familias que las manejan, ningún cambio positivo será posible, y la corrupción seguirá creando nuevos millonarios, o corrompiendo a gente, que aún no está manchada.

