Lindon Sanmartín Rodríguez
Periodista de S. R. RADIO
En los últimos meses, se ha vuelto cada vez más visible la presencia de diversos actores y autodenominados “políticos” que han optado por contratar espacios en radio, televisión y redes sociales, con el objetivo de posicionar una imagen supuestamente cercana a la ciudadanía, particularmente en la ciudad de Loja.
Esta práctica, lejos de constituir una estrategia política seria, responde a lo que puede definirse como politiquería comunicativa: un ejercicio superficial de exposición mediática que carece de planificación, contenido ideológico y coherencia territorial. Se trata de actores que evidencian un profundo desconocimiento de lo que implica una estrategia política integral, especialmente en el contexto de una eventual elección popular.
Resulta recurrente observar a precandidatos y activistas políticos que utilizan los medios digitales para promocionar costumbres y tradiciones locales —como la elaboración de pan o la gastronomía típica lojana—, presentándose como partícipes de una realidad social que nunca formó parte de su accionar cuando ejercieron cargos públicos o cuando tuvieron incidencia política real.
Estas acciones, que hoy son exhibidas como gestos de cercanía, contrastan con una ausencia histórica de compromiso. Nunca se preguntaron por el esfuerzo que implicó levantar un pequeño comercio, cuántas veces apoyaron de forma genuina a esos emprendedores, cuántas veces consumieron en esos espacios o defendieron a esos ciudadanos frente a trabas institucionales que dificultan su trabajo diario.
La escena se repite: visitas a tiendas de barrio, saludos ensayados, discursos improvisados sobre el “apoyo al comercio local”, sin un solo planteamiento estructural que explique cómo contribuirán realmente al desarrollo económico de Loja. La política se reduce a una puesta en escena, vacía de contenido y profundamente oportunista.
Esta realidad deja en evidencia graves debilidades conceptuales en materia de política, estrategia, comunicación e imagen pública. Algunos actores confunden presencia mediática con liderazgo, y visibilidad con legitimidad. El resultado es un espectáculo improvisado que se asemeja más a un circo de baja categoría que a un ejercicio serio de construcción política.
En lugar de propuestas, se ofrecen gestos; en lugar de visión, escenografía; en lugar de compromiso sostenido, apariciones fugaces. Así, ciertos actores terminan convirtiéndose en guionistas de su propio espectáculo, subestimando la inteligencia ciudadana y degradando el valor de la política como herramienta de transformación social.
La ciudadanía, sin embargo, no necesita actores ocasionales ni discursos prefabricados. Necesita coherencia, memoria, responsabilidad y proyectos reales. Todo lo demás es simplemente politiquería comunicativa.

