La nueva antología poética de Rubén Darío Buitrón*, publicada por loscronistas y Gania Editores, explora quiénes somos desde nuestra capacidad de amar a los otros. Los poemas convocan ese amor en el presente, pero desde un pasado irremediable. Una mirada nostálgica de todo lo perdido y de la posibilidad de convertirnos en uno. A continuación, compartimos el prólogo y una selección de poemas del libro.
Por Christian Espinoza Parra (prologuista)
Tan poco dura la vida porque grande es el amor, y es precisamente en esa trágica brevedad de la primera en la que cabe el océano: la vida tiene límites porque el amor no. Por eso, solo es posible crear —literatura, música, cine y tanto más—cuando nuestra capacidad de amar se va depurando poco a poco—por la razón o razones que cada quien necesita— hasta cuando se ha logrado suficiente sensibilidad hacia el otro. Entregamos, no siempre en justa medida, nuestra atención.
Asimismo, esta nueva antología poética de Rubén Darío Buitrón, Leve es la vida que nos queda, es posible porque si bien el autor convoca al amor en el presente, lo verbaliza desde un pasado irremediable, enunciando a la vez un futuro que solo es posible por una mirada (sería mejor decir contemplación) nostálgica sobre todo lo perdido. O sea, un futuro ilusorio, pero que da para vivir. En resumen, lo que no pudo ser es lo que ya somos. Justo ahí, en esa herida por tanta impotencia y esterilidad, por una voluntad que a veces no alcanza, la voz poética de este libro resulta una exploración desde los sentidos y desde los sueños y desde «los objetos deshabitados», de todo lo que amamos para poder existir. «Es la pasión de existir lo que me convoca», dice claramente Rubén Darío en uno de sus versos.
Este libro, que evoca amores tardíos, justos y prematuros, amores evanescentes entre las nieblas de la memoria, hace del ser evocado un cuerpo que se abraza y entre cuyos dobleces de sombra enterramos algo de nosotros mismos. Y como no podemos desprendernos nunca de lo que hemos perdido debemos (re)nombrarlo hasta torcer la realidad. Quizá esa sea la razón de que en uno de los poemas más bellos del libro, Mamá, la muerte sea una niñez dada la vuelta, una imagen de la que la voz poética no quiere desprenderse. Entonces esa mamá chiquita con los huesos «cada vez más niños» acaba por pertenecerle, ahora sí, para siempre a Rubén Darío. Puede poner a secar ese recuerdo bajo el sol. Es curioso entonces que la voz poética pregunte: «¿Qué clase de Dios es / el autor de tu vuelta a la niñez?» Por supuesto, es el propio poeta que más adelante del poema dirá que la memoria es «nuestra última fortaleza».
Es que desde la memoria hacemos el mundo con el amor que imaginamos tener.
Lo que me lleva a uno de los primeros pasajes de San Pablo a Los Corintios que el cineasta sueco Ingmar Bergman hace suyo, a su manera, en una de sus más bellas películas: «El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor no pasará jamás. Las profecías acabarán, el don de lenguas terminará, la ciencia desaparecerá; porque nuestra ciencia es imperfecta y nuestras profecías, limitadas. Cuando llegue lo que es perfecto, cesará lo que es imperfecto. Mientras yo era niño, hablaba como un niño, sentía como un niño, razonaba como un niño, pero cuando me hice hombre, dejé a un lado las cosas de niño. Ahora vemos como en un espejo, confusamente; después veremos cara a cara. Ahora conozco todo imperfectamente; después conoceré como Dios me conoce a mí. En una palabra, ahora existen tres cosas: la fe, la esperanza y el amor, pero la más grande de todas es el amor». De modo que la voz poética también ha vuelto a la niñez, pero a recuperar la «fe» y la «esperanza» y el «amor»; a crearse de nuevo a sí mismo a través del Verbo. En ese sentido, este libro que recupera seres concretos, tanto así que en un verso Rubén Darío trata de equilibrarse en los alrededores fugaces del ombligo de una mujer, alcanza paradójicamente una dimensión religiosa: el dolor por haber amado y perdido lo amado debe permitir que la voz poética trascienda y encuentre un estado mucho más omnipresente, pero nunca etéreo, nunca en tercera persona, entre todas las creaturas de la Tierra. Fijémonos en estos versos de los últimos poemas del libro de Rubén Darío: «soy algún retazo de papel…», «…. los cabellos alborotados por los malos sueños», «…un pájaro / herido…», «… la sed de leche del recién nacido», «…el mar», «con el puñal aleve / de las cosas sin sentido /…con la mentira infame / de que nunca más te quise / como si fuera posible / renegar de tu alimento».
Todo para seguir amando, todo para que ese lenguaje casi siempre tan omnipotente, soberbio, que babea y deforma todo lo que toca cuando nombra, pueda ser lengua, o mejor: pueda ser las lenguas de dos amantes, volviéndose entre sábanas húmedas, la carne traslúcida de una memoria más allá del semen y el polvo.
SELECCIÓN DE POEMAS DE «LEVE ES LA VIDA QUE NOS QUEDA»
Desnudez
Te conocí desnuda, ¿recuerdas?
Desnuda sin saber quién era yo
mientras me susurrabas lejana.
Yo también estaba así, desnudo,
desnudo sin saber quién eras tú
mientras fluía mi mansedumbre.
Batallas de conciencias parecían
dos fuegos inventando el fuego.
¿O fue que aquella tarde inédita
tú fuiste la diosa que me creó
y yo el dios que decidió nacerte?
Y ahí estuvimos, combatiendo,
sin percibir piel ni olor ni deseo.
¿Cómo llegamos a ese minuto
cuando detuvimos el tiempo?
¿Cómo pasamos, después,
a olfatear nuestras miradas?
No nos importó el sabor
de tu frapuccino o mi café.
No nos importó el lugar
ni el confort ni el decorado.
Yo solo te recuerdo desnuda,
desnuda y tan apresurada,
tú me recuerdas desnudo,
desnudo y tembloroso.
Desde entonces el tiempo
transcurre de otras maneras
y ya no existen días ni horas:
hoy los relojes solo transitan
cuando desnudas tu emoción,
hoy los relojes solo advierten
cuando desnudo mi ansiedad.
Círculos de lo posible
¿Y si mañana sucediera lo que ha sucedido hoy?
Alguien debiera compartir los dolores atrasados, los desamores estáticos, todo lo que quedó en el aire y ya no se hizo o se hizo mal.
Alguien debiera no tropezar en la misma piedra, tomar todas las precauciones, seguir las normas.
Si mañana sucediera lo que ha sucedido hoy
alguien tuviera que advertirnos sobre el cielo caído en pedazos, sobre las cartas de amor que jamás llegaron,
sobre la desconfianza entre animales de la misma especie, sobre la teoría de encerrarnos dentro de nosotros mismos,
sobre el tiempo que nos reta a mantener la esperanza,
sobre la muerte, digo, sobre la muerte como dos alas sin timón.
Si mañana sucediera lo que ha sucedido hoy
quizás seríamos otros los que preguntáramos
como si todo el ayer que dibujó el hoy supiera por qué lo hizo,
como si la penumbra y el horror pudieran medirse
o, más dulce aún, como si fueran capaces de tener respuesta a lo posible.
El fin
Como el último instante que alcanzas a respirar bajo el agua,
como el efecto letal de la luz cegadora y el sonido más agudo,
como estar vivo sin tener certeza de estarlo,
como ser prisionero de otros y de ti mismo,
como la ausencia de libertad y esclavitud,
como la extraña simbología de una tarántula sobre tu pecho,
como los sospechosos excesos de silencio,
como el calendario donde suceden los días vertiginosos,
como la imposibilidad de frenar el descenso hacia la tierra,
como la sed eterna de tocar otro cuerpo y no solo el nuestro,
como la maldición de dios sobre los seres imperfectos,
como el aullido largo y profundo de una loba en celo,
como tú mirando en el espejo la confusa imagen que soy yo,
como la amnesia, como la falta de recuerdos líquidos,
como la vida que se extingue sin más tormento que su tormento,
como tú, como nosotros, como espacio vacío en el momento decisivo.
Voces
Las voces me dicen que no podré verte nunca más.
Que todo fue un espejismo, una realidad reñida con lo real.
Que cada alucinación solo fue eso, una alucinación.
Que la vida se partió en dos cuando nos besamos,
pero nunca nos besamos: deseos que jamás fueron ciertos,
impulsos que nunca encontraron eco,
placeres que solo logré convertir en noches sin mí,
cartas con las frases en sentido contrario,
llamadas telefónicas sin ninguna voz al otro lado,
fotografías que te imaginaron junto a mí,
playas y montañas donde nunca te abracé,
camas y habitaciones donde no te hice el amor.
Las voces me dicen que no podré verte nunca más
como si alguna vez hubieras sido al menos una posibilidad.
Los muros de los dioses
Los tiempos de los dioses
no están con nosotros.
Juegan con los sentidos,
juegan con la realidad,
juegan con los imposibles,
les divierte las probabilidades.
Manipulan la melancolía,
enredan las tristezas,
agudizan los vacíos,
se ríen del vacío de nosotros.
Aún así intentamos cada día
trepar los muros de la distancia,
gritarnos todos los susurros
envolviendo los recuerdos
con pedacitos de ti y de mí.
Yo me abrazo imaginándote,
tú te acaricias imaginándome.
Yo te dejo sangrar por mi cuerpo,
tú tocas tu piel acariciando la memoria.
Qué superlativo es ir en contra
de aquellos dioses pervertidos,
dioses egoístas incapaces de amar,
tiempos infames que todavía
no nos pertenecen.
Años
Encuentro tu luz luego de años de sombras y probabilidades.
Y de pronto hablamos desde las virtualidades emotivas.
¿Por qué ahora, por qué no ayer, por qué no el ayer ancestral?
¿Qué cosas debo decirte, qué debo preguntar?
Las distancias temporales guardan silencio por ahora.
Y yo, con movimientos e ideas torpes, pretendo ser el que no fui.
Ahora soy distinto. Tantas abejas y mariposas que ya no están.
Tantos papeles y tanto borrador cuando nos creímos poetas
sin saber que debíamos amar antes de aplastar las teclas.
Descubrirte la misma y otra es correr las cortinas del tiempo.
Es sobrevivir desde la ética y las muchas inocencias.
Es persuadirnos sin hablar nunca de mi tú, de tu yo, de lo que nunca fuimos.
Flores blancas nos observan. Talvez son orquídeas.
Talvez son rosas o anturios.
Talvez son la mirada ingenua de aquellas tardes de sábados de sol.
Hace más de treinta años ya sabías lo que harías contigo.
Yo no. Yo solo entendía que no era capaz de decirte una palabra.
Una. Y tú sonreías esperando que me desnudara y pudiera hablar.
Hay amores que uno guarda en alguna chispa de felicidad.
Hay amores que uno atesora y cree olvidar aunque se queden en el baúl de la inconsciencia.
¿Cómo te dejo ahora que vuelves a sonreír con tus cejas negras?
¿Dónde estuviste construyendo tus años, tus cosas, tu gente?
Solo dime cómo te han tratado estos años insalvables.
Quizás si todo es apacible pueda continuar sin ti mis caminos.
*Rubén Darío Buitrón (Quito, 1966) es director-fundador de los cronistas.net Tiene once libros publicados, nueve como autor y dos como coautor. Ha ganado dos premios nacionales de periodismo. Dirige el programa La otra mirada, por Srradio, y es columnista de la revista digital Plan V.
*Para adquirir el libro se puede contactar directamente con el autor al número 099 272 3782.

