Análisis.- (Por: José Hernández.- Director adjunto.- Diario HOY).- El correísmo acaba de comprobar, en Washington, que el complejo de Adán solo funciona, políticamente, puertas adentro. Rafael Correa y Ricardo Patiño quisieron vender en la Organización de Estados Americanos un contrasentido histórico: debilitar el Sistema Interamericano de Derechos Humanos es un avance democrático.
No lo es. Es evidente que ese sistema requiere reformas. Pero los estado de la región saben, porque conocen las páginas de las dictaduras negras y rojas, que no es desmantelando lo que se ha construido en 65 años que se puede cambiar. Y saben también, porque han analizado lo que ocurre en otros continentes, que este sistema puede ser mostrado, aún con sus deficiencias, como un ejemplo.
El revés diplomático para el correísmo estaba cantado. Primero, porque muchos Estados están vacunados contra el extremismo ideológico. Guatemala, Honduras, El Salvador, Colombia, Perú, Brasil, Argentina, Chile, Paraguay… (la lista por desgracia es larga), han pagado enormes facturas por eso.
Segundo, porque Hugo Chávez, patrocinador contumaz de ese extremismo en la región, con petrodólares ajenos, acaba de desaparecer. Y su sucesor, lejos de ser un ideólogo, se ha convertido en una caricatura que da grima imitar.
Tercero, porque el gobierno ecuatoriano desconoce que, desde los años ochenta, la defensa de los Derechos Humanos se convirtió en el mayor objetivo democrático mundial. Esa es la piedra de toque para cualquier Estado o gobierno que, en aras de una ideología política, pretenda, como ocurrió en los años cincuenta, anteponer sus intereses políticos a la defensa de la vida o de los derechos humanos de cualquier persona. Ningún Estado, en el ámbito internacional, tiene espacio para erosionar esas causas y los gobiernos, lejos de menospreciar las instancias internacionales que las defienden, les han cedido parte de su soberanía. Es el precio que consienten tras décadas de atrocidades políticas (de lado y lado durante la guerra fría) en las cuales la vida humana y los Derechos Humanos no valían nada por estar supeditados a las ideologías. Pinochet solo respetaba a sus amigos o áulicos. Castro redujo a sus críticos al estatus de «gusanos».
El correísmo quiso ignorar la historia y someter a la comunidad internacional al síndrome de Adán. Quiso devolver la máquina del tiempo. Anteponer su ideología y tensar la cuerda, en detrimento de conquistas democráticas internacionales. Creer que su ideología está por encima de un sistema que se ha ido construyendo justamente para proteger a las víctimas de los excesos de los gobiernos y los Estados. Desconocer, a nombre de una supuesta soberanía nacional, instancias que los Estados han decidido crear para que los fiscalicen. Reclamar la supremacía de opciones políticas sobre la defensa de derechos básicos. Pretender poner a los Estados del Alba al abrigo de controles externos, solo porque sus gobernantes se otorgan todo tipo de diplomas sobre sus supuestas bondades.
La derrota diplomática del correísmo estaba avisada. Su estrategia, externa e interna en este punto, incluye un deseo trasnochado: ser una vanguardia radical en un continente que está de vuelta de experiencias políticas dolorosas. Un continente que en estas últimas décadas está ensayando fórmulas de consenso político que excluye radicalismos y extremismos ideológicos. Un continente que, tras la dictaduras pinochetistas y castrista, encuentra en el respeto a la vida y a los Derechos Humanos fundamentales una forma política que está por encima de opciones partidistas. Un continente con sociedades más maduras que quieren Estados fiscalizados y gobiernos que respondan a acuerdos internacionales.
El correísmo puede seguir endosando su derrota al poder mediático internacional. Lo cierto es que su desfase diplomático revela el lado más trasnochado de su discurso: querer identificarse con el castrismo o con el chavismo. En ese punto, Correa, lejos de ser el pragmático que dice ser, está destinado a seguir sumando reveses y desaguisados. Su mayor problema parece ser ignorar que la historia no pasa dos veces los platos y se mofa del complejo de Adán.( Autor: José Hernández – jhernandez@hoy.com.ec).













